Narrativas

Hay un lugar de la casa que me retorna a un recuerdo familiar bastante borroso, un olor que apareció, una extrañeza de la memoria. Más allá de las imágenes ambiguas que no logran reproducirse, en gracia de ver apenas una nubosidad color rojo tinto, me logro ubicar en una ubicación geográfica, en la cercanía de mi casa materna. Sí, en la esquina del campo que antecede a mi casa cuando uno cruza las vías del tren del pueblo. Más incluso, animándome a detallar lo extraño de lo onírico, me encuentro en el comienzo del campo donde el único caballo blanco que estaba casi todos los días pastando en la tranquilidad cotidiana de mi niñez. Ahí es donde aparezco yo. Inciertamente parada sobre mis pies, pasmada en los mareos de la atemporalidad de un sueño mudo, no sonoro. Camino unos pasos intentando contrabandear un pasado que me reconoce suya y distingo las flores que yo misma cuidé. Las rosas fucsias que tenía ese barrio, en mi poder, mi autóctono corazón, en la lejanía de un aquí que ya no las cuida. En la florida, en los vértices de un campo mío; un caballo blanco y una Nataly sin nombre, ahí aparece la certeza de que nací amando el color de los ojos de su muchacho. Una ráfaga de amor encandiló mis ojos y me asignó un destino. Puede ser la fantasía de una brújula rota, la miel y el sol en una tarde amarilla de verano, la eternidad pesadísima de una identidad escondida en los campos aledaños a la piedra alta. Hoy, en la gris tarde de una eternidad citadina, recuerdo las apuestas a la risa, la burla a los viejos, los robos a infancia armada con mi tribu vespertina del barrio. Y el llanto de una niña mal enseñada que ama el pueblo, que lo destierra a cada paso, lo vuelve rehén de su propio dolor. Camina sin motivo aparente sin mirar atrás, sin pudor.Hoy, aparezco como una mujer torcida, una incomprendida cabeza con ojos por dentro y por fuera, un milagro que cumple 29 años y que entiende claro, clarísimo las profundidades. En este infiel presente, este estribo traicionero, apunto hacia el muchacho que me enamoró, e incluyendo las verdades que nunca fueron errores dichos y mucho menos mentira, yo me reitero en la muchedumbre a conquistar su nombre. Y ahí es donde yo concibo, en la divinidad de nosotros, el anhelo de que nadie nos pueda ver y que sea ese nuestro mejor privilegio. En este desastre del futuro que poco a poco se amontona en mi incipiente memoria, la cinta reveladora la reproduzco una y mil veces, esta película que conlleva tu apellido y el mío. Es simple, la avaricia contenida de siempre querer un poco más de vos. El instinto de conocerte de mucho antes que llegaramos a este mundo, antes de ser unos simples muchachos. 


Nataly Martins 

Nataly Martins - Cronista.
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